martes, 16 de abril de 2013

CORRUPCIÓN

Cuando una persona acepta un cargo político o gana las elecciones, él o ella deben tomar un juramento de defender la confianza pública. Aunque esto puede sonar noble en el papel, el cumplimiento de este juramento puede resultar problemática. Muy pocos candidatos políticos llegan sin hacer unas cuantas promesas en el camino. Muchas de estas promesas de campaña son inofensivas, como el realizar proyectos de ley o solicitar más dinero para la educación. Otras promesas, sin embargo, puede acercarse a cruzar una línea ética, como la contratación de familiares o adjudicar contratos públicos a los ciudadanos influyentes. La falta del sentido ético de la política va acompañada generalmente de una alta dosis de cinismo.

 Quienes tienen el poder están en su papel, fabricar pensamientos, introducirlos en la mente de los demás, hacerle sentir al ciudadano que es partícipe sin serlo, que es constructor de su vida, de su mundo y del rumbo del país. Así vemos que la corrupción no es sólo un problema ético o legal de un funcionario público o de un privado, es un asunto también económico con repercusiones sociales enormes. Conviene recalcar que convivir con la corrupción no es lo mismo que tolerarla o ser permisivo con ella, sino por el contrario, sufrirla y padecerla muy a nuestro pesar. La gran mayoría de los ciudadanos no somos responsables ni tampoco cómplices de la corrupción, sino sus víctimas. 

 Mientras en los cargos claves haya corrupción, el sistema se retroalimentará, porque solamente podrán ascender y aquellos funcionarios que estén dispuestos a ser cómplices con la ilegalidad a cambio de algunas migajas de la torta de la gran corrupción y multimillonarios contratos que, desde luego, están eje de decisión y mando. Aunque la corrupción es tan antigua como el hombre mismo no es cierto que todos los humanos hayan padecido síntomas o signos de la corrupción. Incluso mucho se ha intentado hacer para combatir este mal que desquebraja la sociedad de una manera voraz, dando resultados pocos notorios. 

 El tráfico de influencias, el soborno, la extorsión, la malversación y desvió de recursos y la impunidad son las formas de corrupción más usuales en la administración pública, por las cuales, las oportunidades de desarrollo se concentran entre las personas que participan del clientelismo y la politiquería, extendiéndose de esta manera el fenómeno de la corrupción al pueblo colombiano, infundiendo en la nación, la necesidad de hacerse cómplice de la corrupción política para poder tener acceso a oportunidades de empleabilidad.

Autor(a): Karina Villada

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